
Siempre que voy por la calle ya sea paseando o en transporte público, mis oídos están abiertos, captando cualquier ruido, cualquier palabra o conversación de las personas que conmigo comparten esos instantes casuales. Y tengo que decir que he aprendido muchas cosas, recetas de cocina, relatos parapsicológicos, remedio de enfermedades, trucos para educar a los niños, o dietas milagrosas para adecuar nuestro físico corporal a la moda actual.
También soy testigo, de vez en cuando, de los intereses o diatribas sociopolíticas y las conversaciones sobre los privilegios de unos o las carencias de otros, y los aplausos o las cruces espantadoras de males que la gente hace ante las noticias de catástrofes o malos eventos sucedidos a pueblos o comunidades de los que dan noticias los medios audiovisuales.
Estamos en una época en la que el efecto “globalización” hace de bocina de todo aquello que ocurre en cualquier parte del planeta Tierra. Decir "soy de un pueblo de Cuenca", es como ridículo. Decir “soy del mundo” queda como muy bien. Sin embargo cada vez más el habitante de la ciudad quiere escapar “del mundo” para ir a ese pueblo donde se siente como algo importante y donde casi no siente el bombardeo de los males que sufren en tantos lugares.
Esta huida se está convirtiendo en una necesidad para el espíritu. Cada día es mayor el número de personas que dicen no adaptarse al ritmo de la época, que su vida se ralentiza, y no es capaz de adaptarse a las nuevas tecnologías y a su cambio vertiginoso; no nos da tiempo a aprender el uso de un artilugio cuando ya hay otro que lo supera en tecnología, de tal forma que el anterior, cuyo uso no hemos aprendido, ya esta fuera del mercado por obsoleto.
Por demás está decir que la velocidad a la que recibimos las noticias por los medios de comunicación es tal, que no nos da tiempo a asimilarlas, sino solamente da tiempo a asombrarnos, a sorprendernos y a exclamar horrorizados: ¡hay que ver, como está el mundo!, ¡¡¡ da miedo salir de casa!!!
La consecuencia de esta situación es bastante obvia: El Miedo. En general la gente vive con miedo. Y esto es racionalmente aceptable, ya que cuando uno no tiene dominio sobre el medio en el que se desenvuelve su existencia, o al menos no posee los datos de que alguien cercano tiene la solución, el pánico se produce de inmediato, paralizando nuestra respuesta, y cegando por completo nuestro entendimiento. Llevándonos a aceptar como verdadera cualquier profecía catastrófica, o cualquier visión escatológica, porque ya estamos preparados de antemano por nuestra propia impotencia, y creemos sin duda alguna que lo peor llega sin solución. De ahí el éxito de los profetas catastrofistas, milenaristas y Orwalianos.
El experimento que yo mismo realicé con una adolescente que había suspendido un examen de una asignatura que había estudiado mucho y profundamente, fue ayudarle a aprobar el examen de repesca sin volver a estudiar la asignatura, solamente preparé su mente.
Sin demostrar mucho interés la invité a observar mi despacho, le mostré los libros, las distintas formas y objetos del mismo, y después de un rato apagué la luz y le pedí que escogiese un libro de la librería, ante su desconcierto, le pedí que se sentara, y no encontraba la silla, por lo que le dije que fuese hacia la puerta, pero no supo encontrarla. El pánico empezaba a ser el dueño de la situación. Por lo tanto encendí la luz de la habitación, y nada había cambiado, todo estaba allí, reconocible.
Como estaba todo en su mente después de haber estudiado la asignatura. Entonces le plantee lo siguiente: si en su propia habitación, en su casa, era capaz de moverse sin luz, ¿por qué no lo era en mi despacho si también reconocía los objetos cuando había luz? Por el pánico. La solución era fácil, dominar ella la situación ante el examen, y exponer lo que reconocía su mente después de estudiar. Lógicamente aprobó con muy buena nota.
La no aceptación de las distintas situaciones de la vida nos lleva a buscar soluciones milagrosas. Esto es aprovechado por una serie de personajes que en cada época ilustran la historia con presagios, y urden un puchero con sopa de castigos divinos y venganzas de la naturaleza, que cubre el expediente de su evolución natural, con un aire de culpabilidad de los más sensibles pobladores de este mundo. Y a esos tratan de explotar si no mercantilmente, al menos espiritualmente.
Mi receta es más simple: se trata de aceptar nuestra habitación como tal, con su orden o su desorden, pero viviendo racionalmente el tiempo que nos toca. Podemos estar de acuerdo en todo o en nada, pero reconociendo que es lo que toca en este momento. Nuestras creencias espirituales son nuestras, y cada uno tiene que vivir con su propia consecuencia, pero con absoluto reconocimiento de la situación, cambiando lo que podamos cambiar, y evolucionando lo que podamos evolucionar. Pero ¡¿quién ha dicho miedo?! El que ama no tiene porqué tener miedo. Simplemente tiene que vivir en el tiempo que le toca vivir.
También soy testigo, de vez en cuando, de los intereses o diatribas sociopolíticas y las conversaciones sobre los privilegios de unos o las carencias de otros, y los aplausos o las cruces espantadoras de males que la gente hace ante las noticias de catástrofes o malos eventos sucedidos a pueblos o comunidades de los que dan noticias los medios audiovisuales.
Estamos en una época en la que el efecto “globalización” hace de bocina de todo aquello que ocurre en cualquier parte del planeta Tierra. Decir "soy de un pueblo de Cuenca", es como ridículo. Decir “soy del mundo” queda como muy bien. Sin embargo cada vez más el habitante de la ciudad quiere escapar “del mundo” para ir a ese pueblo donde se siente como algo importante y donde casi no siente el bombardeo de los males que sufren en tantos lugares.
Esta huida se está convirtiendo en una necesidad para el espíritu. Cada día es mayor el número de personas que dicen no adaptarse al ritmo de la época, que su vida se ralentiza, y no es capaz de adaptarse a las nuevas tecnologías y a su cambio vertiginoso; no nos da tiempo a aprender el uso de un artilugio cuando ya hay otro que lo supera en tecnología, de tal forma que el anterior, cuyo uso no hemos aprendido, ya esta fuera del mercado por obsoleto.
Por demás está decir que la velocidad a la que recibimos las noticias por los medios de comunicación es tal, que no nos da tiempo a asimilarlas, sino solamente da tiempo a asombrarnos, a sorprendernos y a exclamar horrorizados: ¡hay que ver, como está el mundo!, ¡¡¡ da miedo salir de casa!!!
La consecuencia de esta situación es bastante obvia: El Miedo. En general la gente vive con miedo. Y esto es racionalmente aceptable, ya que cuando uno no tiene dominio sobre el medio en el que se desenvuelve su existencia, o al menos no posee los datos de que alguien cercano tiene la solución, el pánico se produce de inmediato, paralizando nuestra respuesta, y cegando por completo nuestro entendimiento. Llevándonos a aceptar como verdadera cualquier profecía catastrófica, o cualquier visión escatológica, porque ya estamos preparados de antemano por nuestra propia impotencia, y creemos sin duda alguna que lo peor llega sin solución. De ahí el éxito de los profetas catastrofistas, milenaristas y Orwalianos.
El experimento que yo mismo realicé con una adolescente que había suspendido un examen de una asignatura que había estudiado mucho y profundamente, fue ayudarle a aprobar el examen de repesca sin volver a estudiar la asignatura, solamente preparé su mente.
Sin demostrar mucho interés la invité a observar mi despacho, le mostré los libros, las distintas formas y objetos del mismo, y después de un rato apagué la luz y le pedí que escogiese un libro de la librería, ante su desconcierto, le pedí que se sentara, y no encontraba la silla, por lo que le dije que fuese hacia la puerta, pero no supo encontrarla. El pánico empezaba a ser el dueño de la situación. Por lo tanto encendí la luz de la habitación, y nada había cambiado, todo estaba allí, reconocible.
Como estaba todo en su mente después de haber estudiado la asignatura. Entonces le plantee lo siguiente: si en su propia habitación, en su casa, era capaz de moverse sin luz, ¿por qué no lo era en mi despacho si también reconocía los objetos cuando había luz? Por el pánico. La solución era fácil, dominar ella la situación ante el examen, y exponer lo que reconocía su mente después de estudiar. Lógicamente aprobó con muy buena nota.
La no aceptación de las distintas situaciones de la vida nos lleva a buscar soluciones milagrosas. Esto es aprovechado por una serie de personajes que en cada época ilustran la historia con presagios, y urden un puchero con sopa de castigos divinos y venganzas de la naturaleza, que cubre el expediente de su evolución natural, con un aire de culpabilidad de los más sensibles pobladores de este mundo. Y a esos tratan de explotar si no mercantilmente, al menos espiritualmente.
Mi receta es más simple: se trata de aceptar nuestra habitación como tal, con su orden o su desorden, pero viviendo racionalmente el tiempo que nos toca. Podemos estar de acuerdo en todo o en nada, pero reconociendo que es lo que toca en este momento. Nuestras creencias espirituales son nuestras, y cada uno tiene que vivir con su propia consecuencia, pero con absoluto reconocimiento de la situación, cambiando lo que podamos cambiar, y evolucionando lo que podamos evolucionar. Pero ¡¿quién ha dicho miedo?! El que ama no tiene porqué tener miedo. Simplemente tiene que vivir en el tiempo que le toca vivir.