
¡PARA EXPLORAR!
El mando a distancia de la televisión se paralizó en la imagen que mostraba en ese momento. Un hombre, al menos parecía eso, colgaba sentado en un arnés y flotando en el cielo, tirado por un racimo de globos de colores. La imagen era bonita, el “niño” era jalado por la ilusión de un ICARO moderno, llegar a tocar el cielo con las manos parece la utopía de cualquier humano, ¡pero con tan poco artilugio, de forma tan simple!, parece un desafío a los dioses del Olimpo.
La ilusión de alcanzar lo inalcanzable, de subir, de alzar los pies de la tierra nos ha hecho siempre mucho daño. Por esa manera de ser que tenemos los humanos, hemos creído siempre que procedemos de los árboles, que un buen día bajamos al suelo, y nos pusimos a andar en equilibrio sobre dos patas. ¡Vaya error!, permitidme que en mi alegoría sea al revés.
Procedemos del suelo feraz que nos hizo crecer hacia arriba. Mirando a nuestro derredor, no nos distinguíamos de los pinos, de los abedules, de los eucaliptos, ni siquiera de los cardos, ni de las distintas clases de yerbas, que junto a nosotros hundían sus raíces en el suelo. Y nos cayeron lágrimas de prisión infinita. Y ¿dónde está la libertad?, gimió algo como espiritual dentro de nuestro tronco.
Otra vez miramos hacia arriba, y a través de las ventanas abiertas por el viento, después de haber llovido, vimos los colores de un arco inmenso, y quisimos alcanzar aquella puerta que se nos ofrecía. ¡Vuelta a la nostalgia!, la opresión en círculos cada vez más grandes, la piedra había sido tirada en el centro de ese infinito lago interior, y las aguas se movieron en un maremoto (el tsunami todavía no existía), que nos arrancó de cuajo de la prisión, lanzándonos hacia arriba, rompimos la cúpula del bosque y nos agarramos con todas nuestras fuerzas al alfeizar de la ventana del Olimpo con una mano, y con la otra al cuerno de una luna –amarilla- en cuarto creciente.
De esa guisa nos encontraron los dioses, balanceándonos y con el terror pintado en nuestra cara de medio simio, pero con los pelos erizados por la ilusión y el salto cualitativo, y los dioses se apiadaron de nosotros, y nos insuflaron el pneuma, una especie de aire de vida, una especie de espíritu, y entre el ruido de sus risas, mirándose los unos a los otros, nos dejaron caer despacio, flotando hasta el suelo.
Cuando llegamos al suelo nos creímos dioses, porque veníamos de arriba, a pesar de que aún apenas teníamos dos pensamientos seguidos, el primero que se nos ocurrió fue crecer y crecer para arrebatar el cielo a los dioses. Para ello lo más urgente es hacernos los amos de la Tierra, y una vez sometida, humillada y puesta toda ella y sus elementos a nuestro servicio, encumbrarnos como los príncipes absolutos, y arriba en el pico más alto, decir: no hay otro dios que YO, y lanzarnos al vacío.
El nuevo amanecer pilló a los dioses, recogiendo los trozos de un príncipe equivocado. Los dioses iban llorando.