

Yo hombre religioso, no alcé los brazos al cielo, pero sí me retiré en soledad para dar gracias en una pequeña oración a quién tuviera el primer impulso de crear al hombre, porque me hizo conocer a mi primera hija. Unos meses más tarde tuve la respuesta con otra belleza de la naturaleza humana, mi segunda hija.
La materia de la que estaban hechas mis dos hijas procedía de la misma cantera familiar, por lo tanto, en su aspecto material genético del ADN –el que tanto miran los detectives del CSI- son iguales, pero no se puede decir lo mismo de su forma de ser. ¿Cómo se puede ser tan diferente?
La Forma, en el sentido filosófico que le daban los aristotélicos es la Esencia del ser, lo que realiza en sí misma a la materia y la hace distinta en cada ser de la naturaleza. Pero yo no voy ahora a desarrollar la teoría hylemórfica de Aristóteles, no pretendo tanto. Sólo intento desentrañar la realidad de un hecho: dos nacidas de un mismo ser, genéticamente inseminadas por otro mismo ser, materialmente la misma arcilla, la misma cantera y temporalmente cercanas en el tiempo, ¡tan distintas!
Pero hay algo más, yo soy mellizo de un parto gemelar, alimentado por la misma placenta y envuelto en el mismo saco vitelino, puedo constatar por mí mismo y así lo constatan también los que nos conocen, que somos totalmente diferentes, aunque físicamente nos parezcamos como hermanos.
El hecho real es que todos y cada uno de los seres humanos que poblamos este planeta podemos decir sin equivocarnos: “es mi forma de ser”, “soy como soy y no lo puedo evitar”. Mi intuición me lleva a rebuscar en la psiqué de cada uno, en sus laberintos cerebrales, las curvas y contra curvas que en el cerebro van motivando la esencia específica de cada ser. Pero quedo un tanto insatisfecho. Porque dos que nacen en el mismo nido, reciben el mismo cariño, los mismos juegos, los mismos “cachetes” –literales y metafóricos- de la vida, y se forman alfabéticamente o analfabéticamente igual, ¿cómo pueden ser tan distintos?, en reacciones, gustos, y realización de las oportunidades en la vida.
Alguna vez, mientras íbamos creciendo y desarrollándonos en el entorno familiar o social en el que lo hicimos, hemos oído recriminarnos nuestra forma de ser: "¡a ver si de una vez por fin cambias tú forma de ser!", o algo parecido, e incluso lo hemos dicho posteriormente a otros. ¿Qué es lo que pretendían o pretendíamos con ello? ¿Intentábamos cambiar la esencia misma del ser de cada uno?, o quizás lo más justo es que queríamos hacer un verdadero duplicado de nuestra forma de ser, y por lo tanto de ver e interpretar el mundo como lo hacemos cada uno de nosotros.
Yo creo que un mundo de calcos sería totalmente frustrante, porque nos devolvería la imagen de nuestros propios defectos, no aportaría nada nuevo, y no nos dejaría tener ilusiones por ver algo nuevo y distinto a nosotros, por enriquecernos en cada uno, con su forma de ser y de pensar, siempre y cuando todos respeten la misma regla, y sepamos agradecer con una pequeña oración la diversidad de formas esenciales en nuestra materia.
Un solo apunte a tener en cuenta en todo esto; no hay que confundir la forma de ser de cada uno, con el carácter de cada persona. El carácter es algo más secundario, aunque principal en nuestra vida, es algo en lo que podemos ser más influenciados o que podemos manipular nosotros mismos. La esencia de nuestra vida, nuestra forma de ser, es algo más substancial, menos manipulable, en definitiva más laberíntica.